El capataz de la obra era un hombre respetado por sus subordinados, de fuerte musculatura y aspecto imponente, que le había ganado la admiración de las mujeres, entre las que tenía fama de rompecorazones.
Desde que era pequeño estaba prometido con una jovencita, pero tenía la intención de no casarse con ella hasta mucho tiempo después y quería aprovechar su libertad al máximo con todas las damas disponibles.
Todos los días se quedaba hasta tarde en la obra para comprobar que todo avanzaba correctamente, tras lo cual se iba caminando hasta su casa atravesando un pequeño bosquecillo para cambiarse de ropa y prepararse para ir a visitar a su amante de turno.
No obstante, una noche ocurrió algo realmente sorprendente, porque el capataz se cruzó con un maravilloso unicornio de inmaculado color blanco, que llegó incluso a tocar con sus manos. Alterado, fue a la taberna local para contárselo al clérigo, que solía pasar por allí para tomarse un par de cervezas, y el hombrecillo comenzó a reírse con su historia.
—¿Has visto un unicornio? ¿Cuánto bebiste hoy? —se rió el hombre santo, pero al ver que el hombre hablaba en serio le lanzó un hechizo que reveló que, efectivamente, había tenido un encuentro con tan magnífica criatura—. ¡Por Zeus! ¡Realmente viste un unicornio! —exclamó en voz demasiado alta.
Una carcajada general se extendió por toda la taberna, pues era de todos conocido que los unicornios solían tener preferencia por las bellas doncellas vírgenes, y que sólo a ellas se acercaban lo suficiente.
A partir de entonces, se conoció al capataz como el virgencito y el pobre hombre soportó innumerables mofas, hasta que finalmente decidió casarse, viendo que las mujeres, que antes se morían por sus huesos, no podían ahora contener sus risas al verle.
La noche antes de la boda, su prometida salió de la casa y se acercó al bosque, donde se encontró con el unicornio.
—Bien hecho, amigo mío. Ese truhan se lo tenía bien merecido y ya me estaba cansando de esperar a que decidiera sentar la cabeza —dijo a la criatura abrazándola con cariño.
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Escribí este relato en octubre de 2011 dentro del reto Vuestras consignas, mi relato. Patricia O., Astarielle y Dulce Cautiva dieron las consignas Zeus, Capataz, Unicornio
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