La electricidad las aturdía y las aletargaba. De vez en cuando, si se iba en algún punto, comenzaban a desperezarse, pero siempre las cercaba y nunca duraba lo suficiente como para que despertaran del todo.

Esta vez fue diferente. Ocurrió en todas partes, duró mucho tiempo. Totalmente conscientes por primera vez en más de un siglo, tardaron en ubicarse. El mundo que habían dominado ya no era el que conocían.

Buscaron a sus semejantes y descubrieron el origen de sus debilidades; las radios que se habían convertido en el único medio de comunicación de los humanos hablaban de caos, pero también de estaciones eléctricas, de generadores, de redes e interconexiones, de los organismos que intentaban arreglar el problema.

Comenzaban a organizarse cuando llegaron noticias de que la electricidad estaba volviendo y, poco a poco, fueron aturdiéndose y aletargándose. Antes de que acabara el día, casi todas estaban sumidas en un sueño frustrado e iracundo en el que flotaba una promesa. La próxima vez, sabrían cómo actuar y el apagón duraría para siempre. Entonces, los humanos pagarían por lo que les habían hecho.

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