No quería mascotas. Es más, los gatos le ponían de los nervios. Pero ver a esa pequeña criaturita, maullando desconsolada entre los arbustos, la había enternecido. Empezaba a hacer frío y decían que iba a helar; quizás debería acogerle, al menos por esa noche.

—No —se dijo—. Lo que me faltaba, tener que cuidar de un bicho.

Se dio la vuelta y empezó a alejarse, regañándose a sí misma. Tenía dicho a sus hijos que no quería animales en casa y ella había estado a punto de violar su propia norma. Además, estaba claro que apenas era un cachorro, ¿dónde estaría la madre? Diez metros más allá, casi al final del aparcamiento del supermercado, halló la respuesta: en medio de la carretera, muerta por atropello.

Se paró, con el corazón y la mente envueltos en un severo debate. Al final, ganó el corazón, de modo que dio la vuelta, cogió una caja que sobresalía de un contenedor cercano, metió a la bolita de pelo en ella y se dirigió de nuevo al coche.

***

Había tenido la esperanza de entrar en casa sin que nadie viera la dichosa caja. De todos modos, sus hijos estaban siempre tan pendientes de la tele que a veces ni la oían llegar. Pero un maullido traidor la delató, y los niños saltaron del sofá como un resorte, echando a correr hacia la caja mientras exclamaban:

—¡Nos has comprado un gatito!

—No. Es solo hasta mañana —intentó explicarles—, hasta que pueda encontrar una protectora de animales que le acoja. 

Pero los niños no hicieron caso y se pelearon por acariciarle, bañarle y darle de comer. Pronto, el bicho dejó de parecer aterrorizado, pero aun así obligó a sus hijos a que le dejaran tranquilo. Solo faltaba que se encariñaran, así que esa noche se llevo al gato, dentro de la caja, a su habitación, para evitar que los niños se levantaran a escondidas para acariciarle y jugar con él.

La despertó un peso ligero, un roce y un sonido similar al de un motor. Estuvo a punto de lanzar por los aires, por el susto, al bicho. De alguna forma, se había escapado de la caja, había subido a la cama y buscaba la forma de meterse entre las sábanas. Pensó en levantarse para desterrarle de nuevo, pero se estaba tan a gusto y tan calentita dentro de la cama que le dejó meterse. El ronroneo, que al principio le había parecido tan desagradable, pronto se transformó en una nana que la llevó de vuelta al país de los sueños.

A la mañana siguiente, se mantuvo firme cuando los niños le suplicaron que el gato se quedara. Las caras de pena de los pequeños le confirmaron que tenía que deshacerse del animal cuanto antes, así que le llevó a la protectora de animales en cuanto les dejó en el colegio. Allí, les explicó cómo lo había encontrado y les aseguró que no quería hacerse cargo de una mascota, así que esperaba que le encontraran un buen hogar.

La gente del centro dijo que estaban saturados, que no había suficiente presupuesto, de modo que le pedían que lo reconsiderara. No quiso dejarse convencer, así que dejó la caja encima del mostrador.

—Adiós, Bicho —le dijo al gato, con una última caricia a su cabecita.

Entonces el animal se restregó contra su mano y la miró con ojitos de cordero degollado. De nuevo, su corazón y su mente se debatieron; otra vez ganó el corazón. Cuando regresó a casa, lo hizo con el gato, la comida, la caja de la arena y un montón de folletos sobre cómo cuidarlo apropiadamente. Solo esperaba que no sembrara un precedente: en su casa no quería bichos. Salvo ese.

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