Era noche cerrada y el guardabosques dormía profundamente cuando le despertaron los golpes en la puerta. Había habido un complot contra el rey y los conspiradores, pillados con las manos en la masa, habían logrado escapar hacia su bosque. La guardia le exigía que les acompañara para rastrear a los prófugos y detenerles antes de que llegaran a la frontera.

El guardabosques se vistió a toda prisa y se tomó un café cargado para combatir el sueño antes de acompañarles hasta el lugar donde habían perdido a los fugitivos. Acostumbrado a rastrear por señales tan sutiles como las heces, supo por dónde habían ido de inmediato.

—Por ahí —dijo señalando la dirección contraria, con la idea de hacerles dar vueltas toda la noche y dar tiempo a sus compinches para escapar.

Lo que no sabía era que sus amigos habían sido apresados y que el rastro era de los propios guardias que, sospechando que él también formaba parte del complot, le estaban poniendo a prueba. Así pues, nada más decir esas palabras, selló su sentencia de muerte. 

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