El hijo del capo estaba harto de su vida, así que un día, vestido como un mendigo, se escabuyó de los hombres de su padre y echó a caminar. Evitó las ciudades y las zonas que controlaban las mafias, pero por lo demás dejó que el azar marcara la dirección de su marcha.

Durante su viaje, pasó una temporada conviviendo con los paisas, exploró la selva con un grupo de jóvenes aventureros y compartió, con una familia que le acogió durante unos días a cambio de unas cuantas reformas, tortas de olor vainillado mientras veían el atardecer del desierto. Todos esos pequeños momentos, esos nuevos amigos y la solidaridad que encontró a su paso, compensaron el hambre y las penalidades que pasó durante su periplo.

Y surgió en él un deseo: devolver al mundo la bondad que se había encontrado. Así pues, cuando vio esa hoja de periódico perdida en la que se anunciaba que su padre había sido asesinado, decidió volver y utilizar su herencia en favor de los demás.

Los hombres de su padre, sin embargo, no iban a tolerar que ese niñato, que había pasado varios años quién sabía dónde, destruyera el imperio mafioso al que habían dedicado su vida. El mismo día en que dejó claras sus intenciones, el cadáver del joven apareció en la cuneta de una carretera anónima.

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