La Fiesta Verde conmemoraba, un año más, el día en que oficialmente el ser humano había alcanzado el equilibrio con el planeta tras siglos de guerra precedidos por un cambio climático tan brutal que había llevado a la humanidad al borde de la extinción.

Todos salían a las calles donde los jardines verticales estaban más lustrosos que nunca e intercambiaban los frutos de sus huertos o los últimos diseños con productos reciclados. Además, los que vivían cerca de las zonas negras se dirigían a las fronteras, donde se derribaba la vieja muralla y se inauguraba la nueva, veinte metros más allá, dejando un espacio baldío a los ciudadanos para que lo refertilizaran a su gusto.

Fueron esos ciudadanos entusiastas los que encontraron las cajas enterradas a poca profundidad. Dentro, había pruebas de que las zonas negras no estaban habitadas por la Gente Negra, rebeldes que odiaban a la naturaleza, sino por mano de obra esclava. Era a ellos a los que obligaban a tratar y volver a poner en circulación todos esos materiales supuestamente reciclables que los ciudadanos llevaban con tanto orgullo sin saber cuánto contaminaban al producirse y rehacerse; las máquinas no eran capaces de hacer ese trabajo. También les hacían trabajar en el mantenimiento de las inmensas plantas de energía que surtían de electricidad a esas utópicas ciudades que, masificadas, no podían generar suficiente potencia como para autoabastecerse.

Las autoridades no tardaron en reaccionar y en afirmar que no podía sino ser una trampa de la Gente Negra, que seguía empeñada en destruirles. Si había industria, solo podía ser cosa de ellos y, de haber esclavos, sin duda eran los ciudadanos inocentes que desaparecían de cuando en cuando. 

Esas explicaciones contentaron a la mayoría, que siguieron con su Fiesta Verde más comprometidos que nunca porque sus esfuerzos ecológicos tenían que compensar los excesos de la Gente Negra. Los que no quedaron tan convencidos tampoco fueron un problema: se unieron a las listas de desaparecidos y acabaron esclavizados en las fábricas donde se producían los bienes que tanto orgullo les había causado consumir.

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