—Planteemos el escenario: un libro de suspense que mata a todos los que lo leen, ¿me equivoco? —El comisario miró a Pérez como si le faltara un tornillo.

—Sólo a medias. El libro no mata a todos los lectores. Únicamente a los que, una vez lo leen, dicen que no les gusta.

—¿Estás borracho, Pérez?

—No, señor —se apresuró a responder el inspector—. Todas las víctimas tienen en común haber comprado ese libro y haberlo puesto a caldo en internet. Los demás compradores siguen vivos. Lo hemos comprobado persona por persona con la lista que nos proporcionó la web de venta.

—En tal caso, ya sabe. —El comisario puso los ojos en blanco—. Localice al autor.

—Ya lo hemos hecho, señor. Fue la primera víctima. Dos semanas después de que saliera a la venta escribió en su blog que su libro era bazofia y que tanto el personaje principal como el asesino eran ridículos. Lo peor que había salido de su imaginación. Al día siguiente estaba muerto.

—Tendría un negro, por el amor de Dios. ¿O pretende insinuar que el libro tiene alguna clase de magia que mata a la gente que lo critica?

—Para nada, señor. Verá, todos tienen en común el libro en papel. A los que compraron el e-book no les ha pasado nada. Eso me lleva a pensar que algún fan del autor ha asumido la identidad del asesino ficticio y ha pirateado la web para hacerse con sus direcciones. El problema es que no ha dejado rastro. Además, hemos investigado a todos los que compraron el libro antes de la primera muerte y todos tienen coartada. Así que propongo que le tendamos una trampa al asesino. Ya encargué un ejemplar, lo único que debo hacer es escribir una mala crítica convincente —como su jefe no respondía, añadió—: No será difícil, esta mañana lo he estado ojeando y realmente es bazofia. A los personajes no hay por dónde cogerlos.

El comisario decidió darle un voto de confianza al inspector y le proporcionó todos los medios para el operativo, que comenzaría esa misma noche. Horas después, Pérez y otros tres hombres tomaban unas pizzas mientras el inspector se cachondeaba del libro, que había terminado poco después de empezar la guardia.

—La verdad, muchachos, el asesino tiene que estar muy grillado para intentar imitar a un personaje tan esperpéntico —dijo, riendo y tirando el ejemplar sobre la mesa. En ese momento, el libro se abrió y sus páginas comenzaron a moverse como agitadas por una ráfaga de viento mientras una neblina comenzaba a emerger—. ¿Qué demonios?

La niebla comenzó a tomar forma, hasta asemejarse a un ser humano, y los cuatro policías sacaron sus armas. La criatura no hizo caso a los disparos y se dirigió directamente hacia Pérez, al que comenzó a estrangular hasta que quedó inerte. Los compañeros del inspector, aterrorizados y con el cargador vacío, observaron a la criatura girarse hacia ellos, como si se estuviera pensando matarles o no.

Finalmente, volvió a ponerse en marcha. Se dirigió al que tenía más cerca. El hombre buscó inútilmente una vía de escape mientras sus compañeros intentaban detener a ese ser de niebla. Justo cuando estaba a punto de cobrarse su segunda víctima, la criatura lanzó un chillido infernal y comenzó a arder. Uno de los hombres había acercado su mechero al libro, que se consumía rápidamente.

***

El asesino volvió a su mundo justo antes de que el ejemplar se destruyera por completo y se agitó furioso. Dio varias vueltas por su hogar hasta que al fin se calmó. Tarde o temprano, alguien volvería a abrir el portal y se atrevería a insultarle de nuevo. Entonces, podría descargar su furia y, quién sabe, tal vez aprendiera a colarse en el mundo real a través de las pantallas, igual que aprendió a hacerlo a través de las páginas.

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