El Manías era un misterio para los lugareños. Su apodo lo decía todo: tenía mil manías que realizaba sin excepción cada día, y otras tantas que hacía en ocasiones más puntuales. Nadie sabía bien de dónde habían salido esas locuras. Había parecido un hombre normal hasta que un día, de pronto, empezó a comportarse así. Por más que se quejaron de sus molestos ruidos y de las extrañas acciones que le veían realizar cuando se cruzaban con él, no conseguían que cambiara de comportamiento.

Se levantaba con el sonido del despertador a las siete y siete minutos todas las mañanas, tuviera que trabajar o no, e iba a la pata coja hasta la cocina. Pasados siete minutos exactos, iba al baño a pata coja a realizar sus abluciones y seguía a pata coja hasta su habitación para vestirse. Una vez se ponía los dos zapatos, posaba ambos pies en el suelo y daba tres saltos bajos y tres saltos altos. Luego, andaba hacia la puerta, agarraba las llaves del coche y de la casa y salía. Acto seguido, abría y cerraba siete veces, daba una vuelta sobre sí mismo y llamaba al ascensor dando un grito mientras pulsaba el botón. Una vez dentro, activaba todos los botones.

Ya en el portal, chocaba ambos pies y salía a la calle dando zancadas por las baldosas rojas. Cuando llegaba a su coche, que debía estar aparcado en las esquinas o justo frente a una farola, daba una vuelta hacia la derecha y otra a la izquierda. Entonces, subía al coche, lo arrancaba y daba tres bocinazos. Luego se marchaba, pero nadie en el barrio sabía dónde iba ni en qué trabajaba; por más que habían intentado preguntarle, nunca recibían una respuesta clara. A su vuelta, repetía casi todas las operaciones a la inversa.

Un día, los niños de uno de los vecinos se colaron por el balcón del Manías y cambiaron la alarma de su despertador para que sonara a las ocho de la mañana en vez de a las siete y siete minutos. Aunque su madre les pilló y recibieron una regañina, la mujer no les hizo volver a poner el despertador como estaba. Tampoco advirtió al Manías, tan deseosa estaba de devolverle tantos años de ruidos, aunque fuera con una acción tan absurda.

Cuando el Manías se levantó y se encontró con que no eran las siete y siete sino las ocho, se enfureció tanto que dio un golpe al despertador, el cual cayó sobre su pie izquierdo. El dolor era tan intenso que no podía ir a pata coja como de costumbre. Esta vez estaba tan desconcertado que no cumplió sus límites de tiempo. Con ambos pies en el suelo, realizó sus abluciones a todo correr, sólo cerró una vez con un único portazo al salir y llamó al ascensor sin grito alguno ni paradas en todos los pisos.

El problema era que el Manías era tan milimétrico en sus rutinas que los vecinos, aunque se quejaran, utilizaban los ruidos para calcular sus propios horarios. Se fiaban más del Manías que de los relojes. Ese día, todos llegarían tarde.

Los únicos en el barrio que no sufrieron por el desbarajuste de horarios del Manías fueron los causantes de su desgracia. Ese día habían llegado una hora y cuarto tarde al colegio porque su madre también se guiaba por los ruidos del Manías, así que estaban encantados.

Ella no estaba tan contenta. Aunque había promovido en cierto modo su broma, llegar tarde a su reunión mañanera de madres para tomar café y hablar de sus cosas la había puesto de muy mal humor. Por ello, cuando el Manías llegó a su casa, más tarde de lo normal, cogió a sus dos niños por las orejas y llamó a su timbre. Cuando el pobre hombre abrió la puerta, con un pie muy hinchado y rostro desconcertado, les hizo disculparse.

El Manías sonrió, les perdonó y se metió en la casa. No obstante, a partir de entonces, todo el mundo tendría que mirar el reloj más a menudo. Las manías del Manías desaparecieron al día siguiente del mismo modo que habían aparecido, y ya no tenían un reloj andante que les indicara cuándo iban bien de tiempo.

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