Era muy simple: quien poseyera el cáliz mágico poseía el trono. Así pues, todos esperaban la oportunidad para hacerse con él sin robarlo ni derramar sangre, ya que una maldición pesaba sobre aquel que lo consiguiera con malas artes.
Era poco probable que el propietario perdiera el cáliz; casi la única manera de ser su próximo dueño era ser el primero en apropiarse de él a la muerte del rey, ya que por ley no se podía heredar. Debido a esto, los nobles controlaban los movimientos del rey constantemente, incluso tenían contratada gente que le espiaba con sus catalejos a través de los ventanales de sus aposentos en busca de cualquier atisbo de enfermedad, para ser los primeros en reclamar la posesión del cáliz en cuanto muriera.
Muchos incluso intentaron sobornar a Garod, el mayordomo del rey, que se las había arreglado para hacerse tan imprescindible al monarca que este necesitaba tenerle cerca en todo momento para atender a sus caprichos. Ninguno tuvo en cuenta que el hecho de que Garod rechazara todos los sobornos no se debía a su integridad, sino a su ambición.
Que un plebeyo fuera tan osado como para reclamar el cáliz ni siquiera se les había pasado por la cabeza, así que la sorpresa fue mayúscula cuando el rey se atragantó con unas habas y, nada más morir, antes de que nadie pudiera reaccionar, Garod tomó el cáliz y lo reclamó como suyo.
El revuelo fue mayúsculo y todos intentaron que las pretensiones del mayordomo perdieran su legitimidad, pero al final no tuvieron más remedio que aceptarlo y rendirle pleitesía. Desde entonces, todos los nobles se pelean por ser mayordomo del rey y hacerse imprescindibles para el monarca.
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Escribí este relato de fantasía en junio de 2017 dentro del reto de lanzamiento de dados, cuya tirada comparto a continuación:
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