Damian estaba aterrado. En el impulso del momento, había cometido la estupidez de retar a un duelo al mejor tirador de todo el condado. Su padrino le dejó en su casa y fue a hacer los preparativos para el amanecer siguiente, preocupado.
El duelo duró poco. Damian falló y, para su estupefacción, su contrincante solo le hizo un rasguño al pasar la bala de refilón, sin llegar a agujerear su pierna.
Acabado el trámite, el padrino se despidió de su amigo y se encontró con el tirador poco después. Por suerte, los duelistas profesionales solían tener problemas con el juego y este no era una excepción. Le pagó la increíble suma de dinero que le había exigido para no matar a su amigo y deseó fervientemente que Damian cambiara su costumbre de retar a un duelo a la menor provocación.
Le estaba costando una fortuna, aunque esperaba recuperar su inversión con creces. Si conseguía mantenerle con vida el tiempo suficiente, por fin le concediera la mano de su hermana, que tenía una generosa dote.
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Escribí este relato en el séptimo día de la maratón de escritura que hice en agosto de 2011.






