Era casi imposible acercarse a la reina. Estaba vigilada a todas horas. Incluso cuando salía por la ciudad a visitar hospicios y orfanatos para darse un baño de masas, se la rodeaba tan bien por medios arcanos y mundanos que no había manera. Pero Erika tenía que acceder a ella a toda costa, y se había dado cuenta de que a los niños sí que les dejaban acercarse. Daba buena imagen y eran inofensivos.
Contrató a una huérfana, una cualquiera, pero muy mona, para que en la próxima visita al orfanato se acercara a ella y le entregara un inocente ramo de flores. Incluso eso lo examinaron, pero no eran más que plantas arrancadas y no tenían ningún veneno, así que lo permitieron.
Cuando la reina se metió en la carroza, sin embargo, las flores cobraron vida, le hicieron una reverencia y cambiaron su posición para transmitir un mensaje en código. «Estate preparada hoy».
La reina contuvo la carcajada histérica que amenazaba con escapársele y reorganizó las flores de nuevo. «Ya era hora». Les había creído muertos a todos, incluso se había planteado seguir adelante con el plan sin ellos, aunque no sobreviviera. Demasiado tiempo atrapada en esa jaula de oro, con ese rey odioso, a la espera de poder matarle y huir de vuelta a su hogar.
Las flores hicieron una última reverencia antes de reorganizarse de forma aleatoria y volver a convertirse en un ramo inanimado. Cuando bajó de la carroza en el siguiente orfanato, entregó el ramo a un niño, uno cualquiera, pero muy mono, y siguió adelante con la visita. El niño, deseoso de cobrar sus monedas, corrió hacia donde le esperaba Erika y le dio las flores.
Ella le pagó y se marchó a la casa franca, donde el ramo volvió a la vida. Erika sonrió al leer la respuesta de la reina. Esa misma noche volverían a estar juntas. Hasta entonces, había mucho que hacer. Liberó a las flores definitivamente de su servicio y se puso a trabajar.
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Escribí este relato en octubre. Tocaba escribir un relato corto en el que un objeto inanimado cobre vida.
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