Compró su despertador dos meses antes de las vacaciones y funcionaba perfectamente. Cuando pudo tomarse sus días de descanso, decidió desactivar el modo alarma. Para su sorpresa, si dejaba ese botón en off, cada treinta segundos el minutero subía, por lo que nunca daba la hora exacta.

Sonrió. No podía dejar de apreciar lo cercano a la realidad que era ese extraño error en el software del reloj: el tiempo siempre pasa más rápido cuando estás de vacaciones y no tienes que poner el despertador cada mañana.

No obstante, en cuanto abrieron la tienda se presentó con el reloj para que se lo cambiaran. Una cosa era que fuera verdad y otra muy distinta tener un estúpido cacharro estropeado e inútil para recordárselo.

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