Desde que oyó hablar de la morada de los dioses, el rey quiso ser uno de ellos para vivir allí. Para ello, arruinó a su reino y localizó a todos los hechiceros y alquimistas para que le prepararan bebedizos y lanzaran hechizos sobre él que le hicieran poderoso e inmortal. Si las pócimas que le entregaban no le otorgaban un don, les mandaba ejecutar, pero ninguno se atrevió a envenenarle para librarse de él, porque aquel que le matara moriría también en manos de un demonio al que había puesto a su servicio. 

Cuando obligaron a la maga a otorgarle algún don, sin embargo, ella no pensó en ningún momento en matarle. Simplemente, le otorgó los dones de un gato, para lo cual le convirtió en un gato doméstico gigante, sin mayor capacidad de razonamiento que la de un felino corriente.

El rey no había dejado a su demonio instrucciones para esa clase de tretas, así que la maga pudo marcharse tranquilamente. El pueblo, por su parte, respiró aliviado. Tener a un rey-gato era mucho mejor que tener a un rey loco que quería ser un dios y oprimía a su gente para conseguirlo. Pronto, se acostumbraron a vivir sin un líder que llevara las riendas del reino y ocuparon el castillo, donde el rey-gato no era más que un elemento de atrezzo que se convirtió en el símbolo del nuevo reino. 

Como había tomado tantos bebedizos que prolongaban su vida, pasaron generaciones y el rey-gato se convirtió en un atractivo turístico más del reino, hasta que una casualidad quiso que se rompiera el hechizo y volviera a ser humano. No obstante, para cuando eso pasó, el rey había perdido ya todo su poder, tanto mágico como político. Además, habían pasado ya los años de servicio de su demonio guardián, así que, cuando intentó volver a tomar las riendas del reino, lo único que consiguió fue recibir las burlas de todos. 

No tardaron en proponerle un trato: como gato tenía su valor, pero como hombre era de lo más molesto, así que le dieron la opción de volver a convertirle en un felino si no quería tener que abandonar el reino para siempre. Sus gritos indignados fueron suficiente respuesta; pasó el resto de sus días siendo un mendigo. 

Entre tanto, el reino había perdido a su símbolo, así que se pidieron voluntarios para convertirse en reyes-gato. Se presentaron tantos que, desde entonces, cada año un joven es elegido y experimenta la vida gatuna hasta que llega su relevo. 

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