Era un hombre con un porte envidiable e impecablemente vestido, con su sombrero de copa y sus guantes y zapatos recién estrenados. Nada más ver su media sonrisa y enfrentarse a su mirada penetrante, supo que era un mal tipo. Y más cuando, al entrar en la casa, el caballero, si es que era tal cosa, le dijo a su hermana, si es que era su hermana de verdad:
—Empieza el show.
Cristina intentó advertir a la familia, por supuesto, pero ¿quién iba a hacer caso a la criada? Más bien amenazaron con echarla, por meterse donde no la llamaban y calumniar a su futuro yerno. Eso le molestó mucho, tanto, que hizo unas cuantas gestiones y abandonó su empleo.
Todos pensaron que estaba loca por dejar un buen trabajo sin otro en perspectiva, pero poco después tuvieron que darle la razón. El día de la boda, el caballero y su hermana desaparecieron con el dinero de la dote y buena parte de las joyas de la familia. Fue un golpe duro, pero lo fue todavía más cuando se enteraron de que los negocios en los que había hecho invertir a su futuro suegro eran una estafa que le convertían en el único propietario de una empresa con una deuda abismal.
A Cristina no le dieron ninguna pena. Su madre siempre le había dicho que, si no puedes luchar contra la corriente, te dejaras llevar por ella. En cuanto se dio cuenta de que nadie haría caso a sus advertencias sobre el timador, había acudido al propio timador.
Le había facilitado todos los datos que necesitaba para sacar el máximo partido a sus planes, incluyendo la localización de las joyas de la familia y los puntos débiles de cada miembro del clan, a cambio de una generosa suma por adelantado. Mientras sus antiguos amos subastaban su hogar para hacer frente a las deudas, ella empezaba una nueva vida, en una nueva ciudad, gracias a su pequeña participación en el show.
Este relato lo escribí dentro del reto del reto de portadas prediseñadas para publicarlo en septiembre de 2021. La portada en cuestión es la que se ve aquí.
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