Soltó un grito de emoción cuando su mejor amigo virtual le mandó las entradas que había conseguido para la firma de libros de su autor favorito. Toda la fiesta le miró con curiosidad, pero no quería que le consideraran un friki, así que, cuando le preguntaron, dijo simplemente que lo que había conseguido era unas entradas para ver al ídolo del momento en la gran ciudad.

La gente quiso saber si sus padres estaban enterados y le dejaban ir solo tan lejos, a lo que dijo, evasivo, que eso no le preocupaba. De pronto, se vio convertido en el más guay del instituto y siguió alimentando la confusión.

Pero la mentira siguió creciendo, y ya no por sus palabras. La respuesta evasiva sobre si tenía permiso paterno se había interpretado en algunos grupos como un «si no me dejan, me voy a escapar de casa». Algunos chicos que se fueron antes de la fiesta lo comentaron en el asiento de atrás del coche de sus padres, y esos padres, que no estaban sordos, llamaron a su vez a los suyos para decirles que planeaba fugarse.

Cuando llegó a casa, su madre estaba esperándole con el enfado y la preocupación reflejados en el rostro. Cuando le contó la verdad, le costó creérsela, pero al ver las entradas para la firma del libro en el móvil se tranquilizó un poco. Pero solo un poco: tenía la sinceridad por bandera.

—¿Y qué pensabas hacer cuando llegara el día y no vieran las fotos y los vídeos del concierto, mentirosillo? —le preguntó su madre. Una pregunta trampa en la que no pensó antes de responder:

—Que se me rompió el móvil. O, mejor, que me pillasteis en plena fuga y me castigasteis…

—No, si castigado estás, por liante y mentiroso.

Protestó e intentó explicarle que, en un mundo como el actual, donde la imagen lo es todo, es inevitable decir mentirijillas de vez en cuando, pero no coló. Por suerte, cuando llegó el día de la firma, su madre se apiadó de él y le dio la libertad condicional.

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