Nadie les iba a decir, cuando compraron la adorable casita de campo, que se meterían semejante berenjenal. Al parecer, había un problema de delimitación desde hacía varias generaciones entre esa parcela y las colindantes. El anciano propietario de las tierras vecinas reclamaba varios metros como suyos y, cuando fueron a hablar con él al encontrarse con la tapia a varios metros de donde debería estar, el arisco señor sacó su escopeta y, apuntándoles, gritó:

—¡Esta tierra es mía!

Por desgracia, este grito acabó con las exiguas fuerzas del anciano, al que se paró el corazón y cayó al suelo, haciendo que la escopeta se disparara en el golpe y diera de refilón a su nuevo vecino.

Al menos, días después, los herederos acudieron a sus nuevos vecinos y, en tono de disculpa, acabaron las hostilidades con una tarta como ofrenda. La aceptaron agradecidos pero, en vista de los antecedentes familiares y que no habían querido un trozo, decidieron tirarla, por si las moscas…

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