El niño odiaba el invierno y decidió seguir el ejemplo de los osos e hibernar. Sacó toda la comida de la nevera y de los armarios, la acumuló en su habitación y se dispuso a dormir durante meses.
Se despertó de la siesta un par de horas después, sin nada de sueño, y se aburría en la cama. Pensó en comer, pero no tenía hambre. Decidió que él era un animal más civilizado que un oso, así que no pasaba nada si además de dormir jugaba con sus juguetes. Dos horas jugando con ellos era demasiado aburrimiento, por lo que intentó dormir de nuevo, sin éxito.
Al final de la tarde, estaba empezando a pensar que, si los humanos no hibernaban, era por algo. Fue entonces cuando entró su madre y se puso como una fiera por el desorden, por vaciar la nevera y la despensa y por no haber hecho los deberes. No, definitivamente los humanos no estaban hechos para hibernar.
Escribí este microrrelato en el segundo día de la maratón de escritura que hice en julio de 2012
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