Fue una serendipia que le cambió la vida. Buscaba en la librería de segunda mano una novela que pudiera pasar por nueva para regalársela a su cuñada por Navidad. Pero no solo no encontró una, sino que acabó gastándose el dinero que había reservado para el regalo en un libro de ideas para hacer joyería artesanal.

Luego se dio cuenta de que no se le daba tan mal y pensó que regalarle una de las joyas con las que experimentaba era tan digno como cualquier otro presente comprado en una tienda. Y a su cuñada no solo le hizo mucha ilusión, sino que decidió que tenía verdadero talento y que debía aprovecharlo.

Prácticamente la obligó a montar su propia empresa y, antes de querer darse cuenta, tenía una tienda online en la que vendía sus joyas a precios desproporcionados y oleadas de pedidos. Amplió personal y, a los pocos meses, ya no necesitaba trabajar, sino limitarse a supervisar y a comprobar que todo iba bien.

El problema era que echaba de menos el tener algo que hacer y a menudo se sentaba en el despacho mirando a su libro-serendipia, el que lo había empezado todo. Hasta que se dio cuenta de que pertenecía a una colección, y se puso como objetivo localizar todos los demás para buscar proyectos entretenidos con los que llenar su tiempo. No regalaría el resultado de esos proyectos a su cuñada, sin embargo. Con las joyas ya tenía más que suficiente y temía que la obligara a ampliar el negocio.

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