Era una oscura mañana de principios de verano. Bueno, no, brillaba el sol, pero para mí era oscura porque mi ánimo no era muy bueno, que digamos. Hacía tiempo que no lo era.

De hecho, era imposible que lo fuera porque mi situación no era precisamente idílica: dos hijos a los que alimentar yo sola porque mi marido murió tres años atrás en un accidente estúpido y sin sentido, una hipoteca que apenas me dejaba para comer y tres trabajos (uno de mañana, otro de tarde y otro de fin de semana) que no me daban un segundo de tiempo libre para relajarme.

Para colmo de desgracias, me había enamorado de mi compañero de trabajo, que me prestaba tanta atención que no sabía ni cómo me llamaba. Tanto es así que el muy cretino, tras cinco años de cruzarnos en el ascensor, llamó a seguridad porque pensó que me había colado para robar material de oficina.

Entenderéis entonces por qué esa soleada mañana me parecía tan oscura ¿verdad? Por lo demás, era otro día igual que el resto: tras conseguir que mis niños se dieran prisa para vestirse y desayunar, me apresuré para llevarlos a casa de mi madre y cogí el metro corriendo para no llegar tarde al trabajo.

Después de que saliera el predicador chalado de turno, una anciana desconocida se sentó a mi lado y me dijo que era una famosa bruja, que mi aura era muy negativa, pero que no me preocupara porque ella lo iba a remediar en un santiamén. No tenía fuerzas para espantarla, y a pesar de sus excentricidades me caía bien, así que me quedé quieta mientras ella hacía aspavientos que pretendían ser un hechizo mágico.

Al final, la anciana me dio la mano y me regaló un colgante para librarme de los malos espíritus, que no quise aceptar en principio pero que al final me coloqué en el cuello por su insistencia y porque era bonito. Curiosamente, no quiso cobrarme nada y se bajó en la siguiente estación.

Al rato de marcharse la anciana, unos jovencitos alegres hicieron una de esas performance de las que tanto hablan y montaron una coreografía en pleno vagón vestidos de animales de peluche. Casi me sacaron una sonrisa. Casi. No pude quedarme a ver cómo acababa la cosa porque llegué a mi estación y no iba bien de tiempo.

En mi carrera hacia el trabajo, un mago hizo un truco y se sacó una rosa roja de quién sabe dónde, entregándomela sin aceptar la moneda que le ofrecí.

Entré a la oficina algo sonrojada, con la rosa en la mano, y una compañera me recomendó que la pusiera en agua. Como no había ningún recipiente en el que meterlo, decidimos ir a buscar uno de los portalápices del almacén. Cuán fue nuestra sorpresa cuando encontramos al hombre del que me había creído enamorada besándose con nada menos que mi jefe de sección.

Ambos nos miraron azorados y sin saber muy bien cómo reaccionar. Nosotras salimos disparadas y nos refugiamos en el baño, donde no pude evitar reírme a carcajadas hasta que me empezó a doler el abdomen (la falta de costumbre…). Mi compañera me miraba entre divertida y asustada, y, a sabiendas de que ella también había estado medio enamorada de él, me limité a decir:

—¡Con razón no sabía que existíamos! ¡No tenemos nada colgando entre las piernas!

Ella también empezó a reír a lágrima viva y desde ese día se forjó una amistad entre nosotras que dura hasta hoy.

Miedo nos dio salir del baño y encontrarnos allí a nuestro jefe, que ya no tenía una pinta tan ridícula como cuando le pillamos in fraganti, sino la solemnidad que le confería su autoridad sobre nosotras.

—A mi despacho —nos dijo en un tono que no daba lugar a reproche.

Casi empiezo a hiperventilar allí mismo; necesitaba el trabajo. Pero no había de qué preocuparse: nos dijo que nos haría fijas si le guardábamos el secreto. Con un poco de negociación, conseguí no sólo que me hiciera fija, sino también que me ampliara la jornada, lo que me proporcionaba un sueldo decente que me permitiría renunciar a mi trabajo de tarde y poder ver a mis hijos más a menudo, no sólo cuando se fueran a la cama. Una oportunidad redonda, si tenemos en cuenta que lo único que teníamos que hacer a cambio era guardar silencio. Y no, no me sentí como una chantajista en absoluto: él se lo había buscado, por fingir lo que no era.

A partir de entonces, nuestro compañero también se dio cuenta de que existíamos. No sólo eso, sino que además ¡se aprendió nuestros nombres y empezó a tratarnos como si fuéramos personas! Como éramos las únicas de la oficina que conocían la causa de semejante comportamiento, nos convertimos en la envidia de nuestras compañeras que, al igual que nosotras hasta el día anterior, soñaban despiertas con que él se fijara en ellas.

Finalmente, y para rematar el día, un compañero de trabajo, con el que siempre había mantenido una relación bastante cordial y amistosa, se sintió celoso al ver la rosa y se atrevió, tras tantos años, a declararme sus sentimientos y pedirme una cita

Me armé de valor para combatir mi temor a los cambios y decidí darle una oportunidad. Le concedí la cita, que resultó ser la noche más feliz de toda mi vida. Ya llevamos medio años juntos y el mes que viene, cuando acabe su contrato de alquiler, se vendrá a mi piso a vivir conmigo y con los niños, a los que adora.

Así que ya veis, aunque no creáis en la magia, si una anciana en el metro os echa un hechizo, no dudéis un momento en dejarla hacer, sólo por si acaso… no sea que diga la verdad y os conceda la oportunidad de cambiar vuestra vida en un solo día.

Sígueme en…

O apúntate a la newsletter y no te pierdas nada.

Portada del libro de relatos breves 48 trozos de fantasía y ciencia ficción, de la escritora Déborah F. Muñoz
48 trozos de fantasía y ciencia ficción

Portada de la antología de relatos cortos 70 trozos variados
70 trozos variados
portada de 42 trozos de amor y pasión
42 trozos de amor y pasión

Portada de la antología de relatos cortos 68 trozos variados
68 trozos variados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *