Sólo los brujos eran capaces de crear espadas mágicas. Por eso, el herrero acudió al único del que había oído hablar, que tenía aterrorizada a toda su región, y le ofreció una gran recompensa por su colaboración.
La codicia del hechicero le llevó a aceptar la proposición y juntos crearon un arma excepcional. Cuando estuvo acabada, el herrero la cogió reverente, miró a los ojos del brujo y dijo en voz baja mientras se la clavaba:
—He oído que las espadas mágicas son las únicas que pueden matar a los hechiceros.
El brujo se limitó a esbozar una malévola sonrisa mientras se sacaba el arma sin derramar una sola gota de sangre.
—Por suerte para mí, el hechicero que las encanta es inmune a sus obras —respondió, y cortó la cabeza a su atacante.
Luego, reanimó el cuerpo para convertirlo en un ser sediento de sangre y le mandó de vuelta a su aldea. Sería divertido ver las caras de los pueblerinos cuando su esperado paladín volviera convertido en un monstruo. Y más divertida sería la masacre posterior.
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Escribí este relato en abril de 2011, no recuerdo en qué contexto, aunque por el formato del documento todo apunta a que era para algún concurso literario.
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