Cuando el ermitaño aseguró al caballero que en su cueva no había nada de interés, este, convencido de que mentía y que el lugar ocultaba el Santo Grial, le dio una buena tunda, tomó una antorcha y se internó en ella.
Horas después, el anciano se recuperó lo suficiente, suspiró resignado, se tapó bien la nariz y la boca y fue tras él. Le encontró, como a todos, al borde de la sima, delirando sobre dragones y el Grial. Como tantas otras veces, no dudó en lanzarle al abismo.
Ojalá lo hubiera hecho con el primero, pensó. Ese se había perdido en el bosque y el ermitaño se había ofrecido a compartir su cueva con él esa noche. Solo le pidió, por su seguridad, que no se internara más, pero aprovechó que dormía para satisfacer su curiosidad y acercarse al abismo. Los vapores sulfurosos le habían provocado una alucinación mística, y el ermitaño había cometido el error de salvarle y arrastrarle hasta donde el aire estaba más limpio.
La consecuencia era que había corrido la voz de que el Santo Grial estaba por la zona, y cada dos por tres se plantaba en su cueva algún caballero en busca de la reliquia. La mayoría aceptaban su palabra de que no había nada en la cueva y se iban; los que no, acababan alucinando al borde del abismo.
Ya no tenía piedad con ellos. En el fondo, era la verdadera prueba del Grial. Los caballeros puros de corazón, los que respetaban a los mayores, seguían vivos tras el encuentro. Los que no, alimentaban a lo que quiera que viviera en las profundidades.
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Escribí este relato en mayo de 2025 porque @Internetxiano me retó por youtube a hacer un relato con un caballero, una antorcha, y una cueva en Youtube.
