—¿Dónde fue tu padre? —preguntó Darla a su hija.

—No puedo decírtelo. Es un secreto.

Por más que insistió, sobornó y amenazó a su niña no hubo forma de sacarle nada más sobre el secreto, salvo que se lo guardaba desde hacía ya algún tiempo. Así que empezó a darle vueltas y, para cuando su esposo volvió, una hora después, ya estaba convencida de que el muy traidor la engañaba.

La cosa no iba a quedar así, no obstante. La próxima vez que desapareció, el mismo día de la semana y a la misma hora, dejó a la pequeña con la vecina, cogió el otro coche y le siguió a una prudente distancia, sólo para verle al rato, a través de una ventana, bailando con una desconocida. Una oleada de rabia la inundó, hasta que vio que su pareja era una viejecita. Luego otra pareja de baile, y después otra, pasaron también por delante de la ventana. Y finalmente apareció la profesora, una cincuentona entrada en carnes.

Darla suspiró, enternecida. Siempre se había quejado por la torpeza de su marido en la pista de baile, y ahí estaba él, aprendiendo mientras ella renegaba y le maldecía porque le creía con otra.

Cuando volvió a casa, pidió a su vecina que se hiciera cargo de la niña hasta las diez y comenzó a preparar una cana especial para ambos, en parte porque se sentía culpable, en parte porque, tras varios meses de rutina y falta de chispa por falta de ambos, sentía la necesidad de recuperarla de inmediato.

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