Si había alguna razón por la cual el reino era conocido y respetado era, precisamente, por los pegasos, esas maravillosas y poderosas criaturas mágicas. Por lo que respectaba a Jack, heredero al trono, bien podían irse todos lejos, porque no los soportaba.

Así pues, cuando vio en el mercado el petardo, no pudo resistir la tentación de comprarlo y ponerlo justo en medio del establo, para meterles un buen susto y que se fueran todos. El lugar, tras la explosión, se convirtió en un caos de patas, plumas y relinchos asustados.

El joven se rió de lo lindo con la broma, pero lo que no había tenido en cuenta Jack fueron las consecuencias de sus actos: los pegasos se enfadaron y quisieron dejar el reino, lo que hizo que su padre, para calmarles, le desheredara a favor de su hermana Nicole. Para colmo de desgracias, la ira de su pueblo fue tal que tuvo que huir al extranjero.

Años después, Jack, tras vivir en la pobreza más absoluta en decenas de países, todos más pobres y sin las siluetas de los pegasos en el cielo, entendía mejor por qué se apreciaba tanto a las criaturas en el suyo. No obstante, siguió odiándolos más si cabe, incapaz de entender que su situación era solo culpa suya.

No fue difícil para los Señores Oscuros reclutarle para conquistar su antiguo reino. Ahora estaba de incógnito frente a los establos, preparándose para la acción. Un solo petardo había provocado un incidente casi imperdonable y su caída en desgracia. Se moría de ganas por ver lo que pasaría cuando estallaran los cien petardos que llevaba a su espalda.

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