Claus veía brillante el porvenir. Comprar la deuda del hijo del viejo médico sería la mejor inversión de su vida. Para evitar que a su primogénito le partieran las piernas por no hacer el pago a tiempo, el anciano no tenía nada que entregar salvo un secreto. Un secreto que, bien explotado, sería de lo más rentable.
La Muerte que se ocupaba de esa parte de la ciudad era una inepta en lo que a enfermedades se refería. Antes de que el médico se diera cuenta de lo que pasaba y se pusiera en contacto con Ella, esta había cometido grandes errores a la hora de desempeñar su función por puro desconocimiento.
En aquellos tiempos, una mañana de resaca, una herida tonta pero aparatosa y con mucha sangre o un simple rumor de que estabas al borde de la muerte podían suponer tu sentencia de muerte. Igualmente, se salvaban aquellos que tenían buen aspecto aunque su enfermedad les consumiera o tuvieran una hemorragia interna. Un tónico reconstituyente, una buena capa de maquillaje o que tus familiares te aseguraran que en realidad estabas bien justo cuando la Muerte pasaba por ahí hacían que esta pasara de largo.
Claus no había dudado ni un momento en aceptar el jugoso secreto como pago. Poco después había matado al médico, claro, pero solo porque hubiera sido una molestia conseguir su colaboración a la hora de ejecutar su plan. Era mejor no dejar cabos sueltos. Por suerte, la Muerte no era tan tonta como para no identificar correctamente a un ahogado en el río. Se lo llevó sin hacerse preguntas.
Conseguir que sus rivales tuvieran aspecto enfermizo no era cosa fácil, así que primero probó el truco de los rumores. Era, por otro lado, lo que mejor se le daba. Claus había empezado su carrera criminal como vendedor de información cuando era apenas un crío y pronto había formado una red muy extensa de espías e informadores. Luego se había dado cuenta de que lo que no podía conseguir con palabras muchas veces se alcanzaba con fuerza bruta, así que había contratado matones para diversificar sus negocios y sus fuentes de ingresos. Pero su esencia era el rumor.
Empezó con alguien fácil. Ya tenía a Allina como objetivo desde hacía un tiempo. No había querido hacerle socio del lupanar que regentaba y había pensado en hundirla gracias a los rumores de que muchas de las chicas tenían la sífilis. El problema era que eso hundiría también el negocio que quería adquirir, así que había descartado la idea.
Había tenido, pues, que ir directamente a por Allina. La madama se marchaba cada cierto tiempo y se enorgullecía del aire misterioso que le daban esas desapariciones, pero Claus la había mandado seguir para enterarse de todo. La razón era muy prosaica: tenía una aventura con el conde de Orl y debían mantener su relación en secreto. No estaba bien visto que un noble como él tuviera como amante a una meretriz de clase baja.
No había sabido qué hacer con esa información. Al principio, Claus había considerado aprovecharla haciendo chantaje a Allina o al propio conde, pero este era peligrosamente poderoso y no convenía hacerle enfadar. Ahora, la participación de Orl en las escapadas se volvía irrelevante, porque solo tenía que hacer correr la voz de que Allina no iba a ver a ningún amante, sino a tratarse la sífilis con mercurio fuera de la ciudad.
Claus mandó a su gente a difundir el rumor, que llegó a todos los rincones con milimétrica precisión. Allina había dudado entre desvelar la verdadera razón de sus escapadas o intentar refutar el rumor de alguna otra forma. Esa duda fue mortal, porque la Muerte, convencida de que estaba en los últimos estadios de la enfermedad, fue en su busca.
Funcionaba. Funcionaba de verdad. Así que los días siguientes iban a ser frenéticos.
El comentario que había hecho el médico sobre las resacas le había proporcionado una gran idea. Uno de sus mayores enemigos, que controlaba algunos barrios que lindaban con los suyos, era conocido por sus grandes fiestas. Tanto él como sus invitados bebían hasta perder el sentido, así que difundió el rumor de que todos habían sido envenenados en la fiesta. Cuando la Muerte lo escuchó y fue a echar un vistazo, encontró a dos hombres vomitando junto a tres más inconscientes y no tuvo dudas de que había veneno de por medio.
Que todos murieran esa noche confirmó el rumor, aunque ningún experto supo decir qué veneno era el que les había matado. Claus, que no tardó en hacerse con el territorio de su competidor, se reía internamente cuando algunos de sus contactos le hablaban de la preocupación por ese veneno nuevo, o por el deseo de adquirirlo, pero decidió guardarse esa carta para más adelante. Demasiadas muertes del mismo tipo podían empezar a despertar sospechas en la Muerte.
El siguiente no fue un competidor, sino un noble al que siempre había odiado. Expulsó a su madre de su casa por robar y era por su culpa que Claus se hubiera criado en las calles. Seguramente era verdad, claro, su madre era una ladrona, pero aun así Claus se la tenía jurada por no haber pensado en ese niño que aspiraba a ser un buen criado y que acabó viéndose obligado a mendigar.
Con este no tuvo que complicarse mucho. Una caída de un caballo hacía muchos años le llevaba a tener dolores intensos que le hacían andar renqueante y tomar algo de láudano por las noches. Por eso, no salía mucho de casa y era fácil esparcir el rumor de que tenía una enfermedad grave. Nuevamente, la Muerte mordió el anzuelo.
Ese nuevo éxito hizo que Claus se creciera. Ya se veía dominando la ciudad, eliminados todos los competidores e incluso algunos nobles que, con su empeño por cumplir las leyes, le ponían todo tipo de trabas. No tuvo en cuenta que su rápido ascenso llamaría la atención.
El hijo del viejo médico había sido conocedor del secreto de su padre. Había jurado que nunca lo difundiría, pero los últimos golpes de suerte de Claus le hicieron comprender cómo había pagado el anciano su deuda. Así como que la caída al río no había sido accidental.
El juramento de secreto le ataba, mas no impedía aprovechar dicho secreto para conseguir justa venganza. Solo tuvo que decir por ahí que su padre había tratado a Claus para paliar los efectos de una enfermedad incurable y que no comprendía cómo seguía vivo si no era por alguna clase de milagro.
El rumor llegó a la Muerte antes que a los oídos de los agentes de Claus y fue suficiente para que Ella pensara que, una vez más, había metido la pata. Corrió a enmendar su error y Claus, que había pasado la noche haciendo planes y tenía unas enormes ojeras, se convirtió en una víctima más del juego que había empezado.
Poco después, un médico que se había dado cuenta de los muchos errores que cometía la Muerte últimamente acudió a Ella para ofrecerle su ayuda y se reinstauró el status quo.
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Escribí este relato para la convocatoria de relato para la antología Visiones que hizo Pórtico el año pasado. La temática tenía que ser ciencia ficción o fantasía y debía girar en torno a los rumores.
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