Estaba convencido de que el espíritu que le seguía a todas partes tenía una deuda de sangre con su clan, porque no existía otra explicación posible para semejante odio. Había comenzado con pequeñas bromas molestas, que había soportado con el estoicismo típico de su gente, pero luego había seguido con acciones más problemáticas, hasta el punto de hacer que un caballo se descontrolara y le hiciera un inmenso cardenal en el pecho. Había tenido suerte, porque podía haber acabado paralítico o muerto, pero aun así se limitó a suspirar con resignación y seguir con su vida.

El espíritu había seguido atormentándole sin éxito, hasta que había encontrado el modo de molestarle de verdad: humillarle en público haciendo caer sus pantalones delante del rey y toda su corte. En ese momento, el jefe del clan se había enfadado de verdad y después de esta última vejación finalmente hizo lo que llevaba tanto tiempo considerando: acudir a la misteriosa hechicera de las montañas para que eliminara de su vida a esa molesta presencia.

Ella le desterró al mundo de los muertos fácilmente, aunque nunca sabría quién había sido en vida para odiarle tanto en la muerte. No obstante, el espíritu, haciéndole acudir a esa mujer, consiguió su venganza última… porque él había caído presa de su hechizo, y, con tal de estar con esa mujer fascinante, estaba dispuesto a sufrir la humillación de casarse con ella en vez de hacerlo con una dama de noble cuna adecuada a su posición.

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