Odiaba esa casa. Al parecer, a su tío -del que la había heredado sin entender bien por qué, ya que no se llevaban bien-, le gustaban las ilusiones ópticas y no había habitación en que no hubiera un trampantojo. El problema era que no podía tocar nada, según el testamento, hasta que pasara un año viviendo allí.

Al principio le había parecido un buen trato: un año en esa casa llena de ilusiones y luego podría venderla o remodelarla a su gusto. Pero pasadas unas semanas empezaron a crisparse sus nervios y a los dos meses ya le costaba diferenciar entre lo real y lo ilusorio. Daba igual que localizara los trampantojos: siempre había otro que había escapado a su búsqueda y que se empeñaba en confundirle siempre en el peor momento.

Aguantó en la casa, paranoico. Pero no pudo sorportarlo y la locura le llevó al suicidio, no sin antes hacer testamento.

Alberto no entendía por qué le había dejado esa casa su primo tercero. Siempre pensó que le odiaba. Además, tampoco comprendía por qué le obligaba a no cambiar nada en un año. Entró en la mansión encantado y pronto se encontró con el primer trampantojo.

—Qué gracioso —dijo alegremente. No tardaría en cambiar de opinión.

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