La cadena montañosa de Cinco Picos era un lugar lejano y peligroso, tanto que casi nadie se atrevía a aventurarse en ella a pesar de que los frutos de la vida, que solo crecían en lo más apartado de esas montañas, eran muy valorados entre las clases privilegiadas.
Alice nunca se hubiera atrevido tampoco a entrar de no ser por la enfermedad de su esposo, que requería un caro tratamiento que no podría permitirse pagar. Así pues, decidió arriesgarse a tan peligroso viaje, porque este era la única manera de conseguir a tiempo el dinero para salvarle.
Se internó en las montañas rezando para que no le ocurriera ningún imprevisto. Quién sabe si por un milagro o simplemente porque las panteras, tigres y demás animales peligrosos del lugar habían sido aniquilados por las partidas de caza de los nobles ociosos, Alice llegó sin contratiempos hasta el lugar donde crecían los preciados frutos. Este estaba plagado de preciosos y divertidos monitos que se acercaron a ella repletos de curiosidad.
La joven observó la alta pared vertical, sin apenas hendiduras para trepar, por la que debía subir para alcanzar los frutos, que se encontraban en un saliente muchos metros por encima de la altura de los árbole, pero era previsora y había llegado preparada con material de escalada.
Tras muchas horas de angustiosa subida palmo a palmo, llegó hasta ellos. Solo había cinco, suficientes para pagar el tratamiento de su marido y saldar algunas deudas acuciantes, así que los arrancó con cuidado y los guardó en una bolsa de cuero antes de proceder al descenso, que fue aún más penoso porque ya se encontraba al límite de sus fuerzas.
Cuando por fin llegó abajo, suspiró de alivio y se tiró al suelo, agotada. Tanto, que no se dio cuenta de cómo los monitos, que se reunían al pie de la pared con la esperanza de que cayera alguno de los preciados frutos, se acercaban con sigilo hasta su tesoro.
Alice dio un respingo cuando tiraron de la bolsa y se la arrancaron del cinturón. Sus agotados músculos no reaccionaron con suficiente rapidez y no logró alcanzar a los monitos, que se subieron a los árboles para disfrutar de su manjar. La joven, impotente, subió tras ellos, pero solo logró recuperar un mordisqueado fruto: los otros ya estaban en los estómagos de los animales.
Frustrada, agarró a uno de los monos con la intención de clavarle su cuchillo como venganza por el hurto, pero su cara simpática y sus ojos inocentes la detuvieron. «No, no puedo hacerlo. Es tan… adorable. ¡Tan adorable!», pensó, con una maravillosa idea rondándole la cabeza.
Preparó una enorme jaula de barrotes estrechos y puso el fruto que le quedaba en el interior. Tres monitos corrieron a por su premio y quedaron encerrados con él. Ignorando sus chillidos de protesta, Alice agarró la jaula y volvió a internarse en la selva de la cadena montañosa para volver a la civilización.
Los graciosos monitos fueron un éxito entre las damas nobles, que se pelearon por ser una de las tres afortunadas propietarias de uno. Tanto batallaron por los animales que las pujas se volvieron absurdamente altas. Tan altas que a Alice, después de pagar el tratamiento de su marido y todas las deudas pendientes, todavía le sobró una inmensa bolsa llena de oro con la que vivirían despreocupados el resto de su vida.
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Este es el resultado del lanzamiento de los Story Cubes que hice en Julio de 2016.
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