—¡Ladronzuelo! —escuchó Dani al entrar en casa. La exclamación le hizo precipitarse escaleras arriba y abrir apresuradamente la puerta—. Ahora mismo me vas a decir tu nombre y tu dirección y te voy a llevar con tus padres para que te den la paliza que te mereces. Allanar mi casa y robarme la cartera…

—Abuelo —le llamó, con el tono más calmado que logró pronunciar. Su hermano, agarrado fuertemente por el brazo, hacía un esfuerzo por no llorar—. ¿Qué pasa? Gabi vive aquí.

—Ah, Amadeo. Menos mal que estás aquí. Este ladronzuelo estaba intentando robarme la cartera.

—Abuelo, yo no soy Amadeo —suspiró Dani. Por suerte, tanto él como su hermano Carlos, de ojos marrones y pelo negro, se parecían mucho a su padre, de modo que, aunque les confundía muchas veces, no tenían problemas. No obstante, su hermano más pequeño había heredado de su madre el pelo rubio y los ojos verdes, de modo que no resultaba extraño que no supiera quién era o incluso que le considerara un intruso en uno de sus cada vez más constantes ataques de desorientación—. Soy tu nieto, Dani. Y Gabi es mi hermano pequeño, ¿recuerdas?

—¿Qué tonterías estás diciendo? Puede que no te guste tu nombre, pero es el que te pusimos al bautizarte y siempre te llamarás así.

El joven hizo una seña a su hermano para que fuera a su habitación, aprovechando que el anciano le había soltado. El muchacho, que aún no había cumplido los trece, salió corriendo entre sollozos.

—Pero… me ha robado la cartera —protestó el anciano. Su nieto cogió la cartera, que estaba olvidada encima de la mesa del pasillo, y se la mostró—. Yo… la he buscado por todas partes.

—Pues estaba aquí. Gabi no es un ladrón. Es el hijo de Amadeo —le explicó, armándose de paciencia, y le condujo al sofá. Habló con él hasta que se calmó lo suficiente y le dejó viendo la tele.

—Yo sólo había salido un momento a beber agua —dijo el chico entre lágrimas cuando Dani entró a ver qué tal estaba.

—Lo sé. ¿Dónde fue Carlos?

—A hacer la compra y a sacar a Gabo.

—¿Hace cuánto? —Antes de que pudiera responder, oyeron los ladridos del perro y la puerta abriéndose—. Venga, ponte a hacer los deberes mientras le ayudo a sacar la compra. Te haré macarrones con queso para cenar—. Acorraló a su hermano mediano en la cocina, donde había dejado las bolsas tiradas de cualquier manera—. ¿Dónde estabas?

—Me he encontrado a una chica de mi clase en el supermercado y nos hemos puesto a hablar un rato.

—Quedamos en que dejaríamos solos al abuelo y a Gabi el mínimo tiempo posible.

—Oye, la pava me abordó en la sección de chocolates y se puso a rajar. ¿Qué querías que hiciera? Además, creo que tengo derecho a entretenerme de vez en cuando.

—No cuando eres el responsable de Gabi.

—Se supone que el responsable de todos debería ser el viejo.

—El abuelo ni siquiera nos reconoce ya. Hoy le ha confundido con un ladrón porque no sabía quién era y no encontraba la cartera.

—Estoy harto de toda esta mierda —gruñó Carlos tras soltar una retahíla de palabrotas.

—Solo será por unas semanas más. Hasta que le den plaza en el centro de día.

Tras la muerte de sus padres en un accidente siete años atrás, su abuelo, el único pariente vivo que tenían, se convirtió en su tutor legal. Al principio todo había ido bien, hasta que empezaron los olvidos y las confusiones, los cambios de humor y los despistes. Al principio, los tres hermanos habían pensado que eran cosas de la edad; no le dieron mayor importancia. Cuando las cosas empeoraron y empezaron a darse cuenta de que estaba cambiando de sitio los productos de la tienda sin ninguna lógica, dando mal el cambio y a mostrándose desorientado, comenzaron a preocuparse.

Por suerte, para cuando el médico le diagnosticó el alzheimer, Dani ya tenía la mayoría de edad y su abuelo seguía lo bastante lúcido como para que hubieran podido hacer las gestiones pertinentes, de forma que el joven tuviera el acceso a las cuentas corrientes y le fuera traspasada la tiendecita familiar antes de que quedara incapacitado totalmente.

Seguir con sus estudios no había sido una opción. Sustituyó a su abuelo en el negocio, pero la crisis les obligó a prescindir de su único empleado y tenía que echar muchas horas, de modo que necesitaba la ayuda de Carlos para cuidar de Gabi y del anciano cuando él no estaba en casa.

Con quince años recién cumplidos, su hermano necesitaba liberarse de esas cargas de vez en cuando, lo que ponía en muchos aprietos a Dani, que temía que, en uno de sus descuidos o retrasos, la casa se quemara u ocurriera alguna catástrofe.

—Plaza, plaza. Llevamos semanas rellenando papeles y esperando que nos den una maldita plaza. No he podido quedar con mis amigos de clase ni una sola vez en los últimos tres meses, ni siquiera me atrevo a invitarles a casa cuando tenemos que hacer uno de esos estúpidos trabajos grupales por miedo a que la arme. Mis excusas cada vez son más patéticas, estoy harto de inventarme historias. Si sigo así, me voy a convertir en un paria.

—Estoy seguro de que si les explicas la situación lo comprenderán, e incluso te darán todo su apoyo.

—Seguro. Contarle a todo el mundo que eres un huérfano que tiene que cuidar de su abuelo con alzheimer y de su hermano pequeño es lo mejor para dar pena al personal y conseguir una vida social activa y sana. Ya veo lo bien que te ha ido a ti que todo el mundo conozca nuestra situación.

Dani suspiró. Después del diagnóstico, se había dedicado en cuerpo y alma a arreglarlo todo para que sus hermanos tuvieran seguridad, no solo económica sino también jurídica. Dejar los estudios y hacerse cargo de las cuentas y el negocio que les mantenía sólo había sido el primer paso. También había tenido que prepararse para lo que se les avecinaba arreglando centenares de papeles, tanto para conseguir la tutela de sus hermanos, ambos menores, como para poder acceder a las ayudas que se concedían a las familias.

Todo eso le había llevado a distanciarse de su novia y sus amigos, a los que cada vez vio menos hasta que cortaron toda relación, incluso por correo electrónico. Ahora, ella estaba con el que en tiempos había sido su mejor amigo y ambos iban a la universidad, donde estudiaban la carrera que siempre había deseado aprender mientras él se deslomaba durante doce horas al día en una tienda de barrio a la que cada vez entraban menos clientes y pasaba el resto de su tiempo libre cuidando de su abuelo y su hermano pequeño.

No obstante, lejos de darle la razón a Carlos, que cada vez con más frecuencia le ponía como ejemplo a evitar por haber cumplido con su deber en una mala reacción a su autoridad, negó con la cabeza:

—Mis amigos y yo ya no nos vemos porque ellos están en la universidad y hemos tomado caminos distintos. Mi situación y la tuya no tienen nada que ver.

—Claro que no —bufó el otro, sin ocultar su sarcasmo—. Y, para evitar que yo acabe llegando a esos extremos, necesito tener libre la mañana de mañana para acompañar al bombón del supermercado a un aburrido museo.

—De eso nada. El abuelo y Gabi no pueden quedarse solos y yo tengo que estar en la tienda desde las nueve de la mañana.

—Venga ya, sólo serán unas pocas horas. He quedado con ella a media mañana y los sábados cierras a mediodía.

—En unas pocas horas puede pasar cualquier cosa —Dani negó con la cabeza, a pesar de la mirada suplicante de Carlos—. Lo siento, pero tendrás que llamar a esa chica y decirle que quedáis más tarde.

—Más tarde ella ya tiene planes.

—Pues podéis quedar pasado mañana.

—Eso tampoco será posible. Te estoy diciendo que es mi única oportunidad con esa chica. Es la mujer de mi vida, no la puedo dejar escapar. Además, quedaría fatal que lo anulara con tan poco tiempo de antelación.

—Acabáis de hacer los planes, así que no pasará nada si lo anulas. —Algo en la cara de su hermano le hizo detenerse y darse cuenta de que no estaba siendo del todo sincero—. No acabas de hacer los planes, ¿verdad?

—Bueno, ¿qué importa eso ahora? La cuestión es que necesito ir. Si te da miedo dejar solos a Gabi y al abuelo, bájatelos contigo a la tienda.

—De eso ni hablar. —Un ruido en el salón le hizo salir de la cocina, tras un último—: No hay más que hablar de este asunto.

Encontró al anciano aporreando con saña el mando de la cadena de música contra la mesa, pulsando cada poco los botones apuntando a la pantalla de plasma.

—Este cacharro no funciona.

Dani le tendió el mando de la televisión con gesto cansado mientras oía el portazo en la habitación de Carlos.

***

—Escucha —le dijo Carlos a Gabi, en tono calmado, al día siguiente—. Voy a tener que salir. Ya he sacado a Gabo y todo, no tienes que hacer nada. Quédate en tu habitación hasta que venga y no hagas ruido. Así no llamarás la atención del abuelo.

—Dani dijo ayer por la noche que no me puedes dejar solo y que no te deja ir. Lo oí perfectamente.

—Escucha, mocoso. Dani es un paranoico. Si ayer te hubieras quedado quieto y calladito no habría pasado nada. El viejo se pasa siempre las mañanas en su cuarto, así que, si no le molestas, allí se quedará.

—No. No quiero quedarme solo. Le llamaré.

—Te compraré chuches.

—Ya soy mayor para que me sobornes con chuches. —El pequeño se cruzó de brazos con una expresión altiva en el rostro.

—¿Mi paga de esta semana?

—Si te vas, Dani no te dará la paga.

—Está bien, diablo —Carlos sacó un billete de su cartera, frunciendo el ceño, y se lo tendió—. ¿Contento?

Su hermano pequeño sonrió y metió el dinero en su hucha mientras él salía furtivamente de la casa.

Horas después, el teléfono sonó, sacando a Dani de sus cavilaciones. Estaba agotado, pues llevaba toda la mañana atareado. Por suerte, al estar a primeros de mes, en todo momento había habido clientes en la tienda, de modo que se sintió tentado de no coger el teléfono al ver que era su ex.

Al final se decidió a contestar, aunque sólo fuera por satisfacer su curiosidad y por hablar con alguien que no fuera de su familia o un cliente de la tienda.

Fue frunciendo el ceño conforme escuchaba. La joven había encontrado a su perro Gabo en un parque cercano y, aunque él aseguró que eso era imposible, ella insistió en que no había lugar a duda, porque incluso llevaba el collarín con su dirección.

—Escucha, ¿puedes acercármelo a la tienda? —preguntó apurado. Por suerte, ella accedió y Dani apenas tuvo tiempo, antes de que llegara, para echar el cierre mientras intentaba, sin éxito, ponerse en contacto con Carlos a través de su móvil o del teléfono fijo de la casa.

Como no contestaba nadie en ninguno de ellos, tras agradecérselo a ella, salió disparado con Gabo en brazos, en dirección a su casa, donde encontró la puerta entreabierta.

—¡Carlos! ¡Gabi! —gritó. Abrió la puerta del cuarto de sus hermanos, encontrando al pequeño tumbado en su cama y con los cascos a todo volumen—. ¿Qué ha pasado? ¿Y Carlos, y el abuelo?

Al ver la mezcla de culpabilidad y desconcierto de su hermano comprendió lo que había pasado. Tras comprobar que el anciano no estaba en la vivienda, y que ni siquiera se había vestido para salir a la calle, instó a Gabi a vestirse cuanto antes para salir en su busca.

Tras una rápida llamada a las autoridades, e intentando contactar, sin que contestara ni una sola de las veces, con su hermano mediano, buscó en los lugares que su abuelo solía visitar. Pero no había ni rastro de él.

Ya era casi media tarde cuando Carlos reía en un banco rodeado de chicas de su edad. Después de tantos meses sintiéndose aislado, agobiado por la situación y asqueado de la vida que se le había impuesto, resultaba refrescante poder tener una conversación que no versara de enfermedades, responsabilidades o tonterías de niño de doce años.

Se iba a quedar castigado y sin paga durante un tiempo, pero merecería la pena y quizás hasta conseguiría que su hermano y tutor se volviera un poco menos inflexible al darse cuenta de que no pasaba nada por dejar solos a su abuelo y a su hermano menor.

En principio, sólo había pretendido acompañar a Verónica al museo, pero cuando ella dijo de salir a comer no pudo negarse. Como de todas formas sabía que Dani le iba a castigar, se quedó también un rato haciéndole compañía hasta que llegaron sus amigas, con las que iba a pasar la tarde.

Para su delicia, cuando ellas llegaron, se pusieron a charlar con él y pudo percibir buenas dosis de coqueteo. Alargó la conversación al máximo, deseando que las chicas se olvidaran de su tarde de mujeres. Estaba a punto de proponer que todos se fueran a tomar algo a un garito cercano cuando vio a sus hermanos caminando hacia ellos.

—Oh, ya está aquí el pelma de mi hermano con sus cabreos y sus paranoias. Disculpad un segundo, señoritas.

—A casa. Ya —dijo Dani en un tono bajo, pero más furioso de lo que jamás había estado hasta la fecha.

—Venga ya. Me vas a castigar por irme unas pocas horas y tú mismo has dejado al viejo solo para venir a buscarme —se puso un poco chulo; a las chicas les gustaría.

—El viejo, como tú dices, salió de casa esta mañana y no aparece por ningún lado. Motivo por el cual el perro se escapó y Gabi se ha pasado toda la mañana solo en casa con la puerta de la entrada abierta de par en par.

—¿Cómo le dejas salir, mierda? —le gritó al pequeño, en un tonto intento por eludir la responsabilidad.

—¡Me dijiste que me quedara en mi cuarto y no saliera!

—Joder, sí, pero eso no significaba que no tuvieras que estar atento si oías algún ruido raro

—Perdona, ¿estás intentando echarle la culpa a él? —Dani parecía a punto de estallar.

—Bueno, ya, lo siento. Nunca lo había hecho antes, ¿quién me iba a decir que iba a empezar a hacerlo justo el día que me ausento un rato? Además, no será para tanto. No ha podido ir muy lejos, casi siempre tarda dos o tres minutos en llegar del baño a la cocina —dijo rojo de vergüenza al saber que las otras escuchaban.

—Ha podido ir muy lejos y le ha podido pasar cualquier cosa, maldito imbécil. Es un anciano con alzheimer, estará desorientado y seguramente, si le preguntan, no sabrá ni dónde vive. Y ahora lleva a casa a Gabi y dale algo de comer mientras yo sigo buscando —ordenó su hermano en tono seco.

Con un nudo en la garganta, el adolescente asintió con la cabeza y agarró de la mano al pequeño.

—¿Carlos? ¿Podemos ayudar en algo? —preguntó Verónica, algo cortada. Carlos empezó a negar con la cabeza, pero Dani se dirigió a las chicas.

—Si veis a un hombre mayor con bata y zapatillas de andar por casa, llamadle para decirle dónde está.

—Tienes mi teléfono, ¿verdad? —preguntó el mediano con voz entrecortada.

Cuando ella asintió, se despidió de todas y se dirigió con Gabi a la casa.

—No dio portazo, ni nada. Yo no me di cuenta de que se había marchado —se explicó el pequeño en cuanto se hubieron alejado un poco.

—No es culpa tuya. La culpa es toda mía.

—No, es mía también. Si no hubiera cogido el dinero y hubiera llamado a Dani cuando te fuiste… pero lo necesitaba. Doné todo el que tenía para que ayudaran a los que tienen el mismo problema que el abuelo y no me quedó nada para cromos. Todo el mundo tiene cromos menos yo, y los demás se ríen de mí.

—Que les den por culo a todos. Dime quiénes son y me planto allí para partirles la cara —le aseguró Carlos—. Pero hiciste bien en sacarme la pasta, yo me la gasto siempre en gilipolleces, de todas formas. Además, el responsable era yo, y el que te sobornó sin pensar en las consecuencias para que mantuvieras la boca cerrada hasta que viniera Dani también, así que tú no tienes culpa de nada. Si no hubieras accedido, hubiera ideado algo para impedirte dar la voz de alarma.

—Pero…

—Sin peros. El abuelo siempre ha sido un tipo listo. Seguro que, aunque esté algo desorientado, está perfectamente y todo queda en un susto. Puede que incluso le venga bien tomar el aire un poco.

—Pero ¿y si le atropellan o se cae, o le intentan atracar o le ataca un perro vagabundo, o le da un bajón de algo? ¿Y si se pone nervioso e intenta atacar a alguien con el bastón.

—Quieto, para el carro. Nadie atraca a un viejete que va por la calle en bata y zapatillas de andar por casa, no hay perros vagabundos por la zona, ni ningún otro animal que pueda atacarle, y no tiene ni la fuerza ni la habilidad para hacer daño a alguien si intenta atizarle con la vara.

—Pero pueden atropellarle si cruza cuando no debe o se puede caer o le puede dar un arrechucho.

—Mierda, ¿quieres dejar de decir esas cosas y ser un poco optimista por una vez en la vida?

—Pero Dani dice…

—Dani puede decir misa. Los dos sois clavados, siempre os ponéis en lo peor. Tenéis que relajaros un poco y… —Se interrumpió al ver la ambulancia parar justo frente a su portal. Salieron disparados escaleras arriba, siguiendo a los de urgencias hasta el último piso.

—¡Abuelo! —exclamó Carlos, al ver al anciano tendido, inmóvil pero con un claro gesto de dolor, en el rellano y a los hombres atendiéndole—. ¡Es mi abuelo! ¿Qué ha pasado?

Una de las vecinas de ese piso, que miraba desde su puerta, contestó:

—Cuando he llegado de trabajar estaba ahí tirado. Parece que intentó subir las escaleras hasta la azotea y, cuando intentó abrir la trampilla, se cayó. A saber cuánto tiempo lleva ahí.

Temblando y ansioso, el joven cogió el teléfono y marcó el número de su hermano mayor.

***

Apenas pasaban unos minutos de las nueve cuando Carlos, arrastrando a un somnoliento Gabi, llegaron a la sala de espera donde Dani había hecho noche.

—¿Sabes algo más? ¿qué te han dicho?

—Está bien, se ha roto un par de huesos pero parece que no ha sufrido ningún daño grave, como ya te dije anoche cuando llamaste. Dentro de un rato nos dejarán entrar a verle. Ahora lo que necesita es descansar.

—Lo siento mucho. De veras que lo siento. No pensé que pudiera… No pensé. Aceptaré cualquier castigo que me pongas, y seguro que no será ni la mitad de lo que me merezco.

—Estoy demasiado cansado para castigarte ahora. Ya pensaré en algo cuando haya descansado un poco. De momento, creo que el sentimiento de culpa será suficiente para amargarte la vida mientras se me ocurre algo ingenioso.

—Me parece justo —Carlos se sentó junto a su hermano, que se estiró como un gato y se acurrucó para intentar dormir algo más antes de que pudieran entrar. Gabi también se quedó amodorrado en la silla. Mientras ambos dormían, no paró de darle vueltas a todas las cosas que podían haber pasado.

Por muy resentido que se sintiera, aunque no fuera culpa de nadie, no dejaba de ser su abuelo, que les había criado, y al que quería como a un padre. Si por su culpa le hubiera pasado algo peor no se lo habría perdonado en la vida. Ni siquiera creía que pudiera llegar a perdonarse esos huesos rotos.

Sí, desde luego, el sentimiento de culpa sería mucho peor que cualquier castigo que se le ocurriera a Dani.

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