El uxoricida volvió al pueblo al salir de la cárcel y todos los vecinos estaban conmocionados, pero aún fue peor cuando se enteraron de que una de las vecinas había empezado a salir con él. Cuando intentaron hablar con ella para hacerla entrar en razón, ella se encogió de hombros.

—Pero mató a su mujer, ¿cómo puedes estar tan segura de que no te hará a ti lo mismo? ¿Es que no tienes siquiera un poco de miedo? —insistieron.

—Lo sé porque lo sé, él ya ha pagado su deuda con la sociedad —dijo ella, marchándose altiva. 

Lo que sus vecinos no sabían era que ellos llevaban saliendo mucho tiempo, desde antes de que entrara en la cárcel. Tampoco podían imaginar que él era inocente y que, cuando la vio con el cuchillo ensangrentado en la mano, la había mandado a casa y había cargado con la culpa para salvarla de la prisión.

¿Cómo iba a tenerle miedo?, pensó, sonriendo.

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