Primero asesinó a la sirvienta, porque entró sin llamar en su habitación y le dio un susto que dio al traste con su trabajo de las últimas horas. Luego acabó con la ama de llaves, que insistía en que tenía que bajar a atender a sus invitados. Y el mayordomo fue el último, cuando puso su casa patas arriba en busca de las otras dos, molestándole.

Días después se dio cuenta de que necesitaba a esos tres, porque un genio como él no podía permitirse el lujo de hacer tareas tan mundanas como preparar la comida o limpiar el polvo, así que cogió sus cadáveres, los disecó y comenzó a montar un sistema de engranajes en su interior.

Al fin consiguió que el mecanismo funcionara y empezó a escuchar el maravilloso sonido de los engranajes que llevaban en su interior. Sus cerebros habían quedado dañados por la muerte, pero sin duda seguían siendo eficientes en su trabajo y tenían la ventaja añadida de no ponerse pesados.

Lo que no tuvo en cuenta fue que sus zombies mecánicos sí que eran conscientes, aunque ligeramente, de que él les había matado. Y ya sabemos cómo son estas cosas, los no-muertos siempre obtienen su venganza…

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