Cualquiera que me conozca un poco, sabe que me encanta viajar sola. Soy una fiel defensora del ahora o nunca, y más teniendo esclerosis múltiple, y además me gusta ir a mi aire y salir de mi zona de confort conociendo gente y lugares nuevos. Pero claro, si vas sola tienes tus riesgos, y siempre acaba pasando algo por muy bien informada que estés… Lo de Egipto fue de traca en todos los sentidos y tiene su entrada propia, pero no ha habido viaje en el que no me haya pasado algo.
Tengo tendencia a perderme
Roma, primer viaje en más de una década, primer viaje al extranjero. El primer día era libre. Tenía la ruta planificada, pero no había contado con una manifestación que cortó la mitad de las líneas de autobús del centro. Por aquel entonces no había roaming gratis en Europa, así que preguntando se va a Roma. Literalmente. En mi periplo de ese día tuve contacto con todo tipo de personajes peculiares, desde un par de exdrogadictos hasta un napolitano que decía ser arquitecto y me hizo un tour privado por la ciudad, intentando ligar conmigo. También me perdí, con otro viajero, otro de los días (aunque le avisé), pero nos lo pasamos tan bien que hasta me regaló una rosa. Toda una experiencia. Me encantó. Como perderse en Venecia, tan laberíntica que es inevitable. Aunque estoy acostumbrada a dar vueltas por falta de orientación, incluso en ciudades mejor planificadas como Bruselas.
Osaka, primer día en el país de mis sueños. También libre. Conseguí llegar al castillo sin demasiado problema porque los caracteres de la estación estaban en romaji. Pero la vuelta iba a ser una odisea, porque los caracteres del resto de estaciones estaban en kanji y no conseguí hacerme entender ni chapurreando mi japonés ni en inglés. Sobra decir que tampoco tenía internet. Así que me tocó combinar todos los planos que tenía y pegarme la caminata de mi vida para volver, por zonas un poco siniestras (aunque era Japón y me sentí más o menos segura). ¿Lo bueno? Que vi partes de la ciudad que no se ven en un tour. Viví una situación similar a la de Osaka en San Petersburgo, por suerte, los rusos con los que me topé eran encantadores y me ayudaron.
A veces, el alojamiento no es lo que te esperas
Escocia, isla de Skye. Entramos en un hotel que parecía la batcueva. Todo el pasillo tenía una gran familia de murciélagos colgando del techo. Encantador. Por lo menos, no me desperté con un murciélago al lado de la cabeza, como una pareja de mi grupo. En respuesta a mi reclamación, la touroperadora respondió que era un hotel rural y que era normal que hubiera animales. De traca.
En Venecia, el hotel era tan de película americana de estadounidenses que viajan a Europa y encuentran hoteles surrealistas que me dio un ataque de risa. Por suerte, no pasé muchas noches ahí, pero desde luego una ducha encima del retrete, un recepcionista siniestro y ligón que trabajaba en dos hoteles a la vez y también servía los desayunos de dos hoteles y unas escaleras estrechas e interminables para llegar a la habitación no eran mi idea de un hotel de cuatro estrellas.
O tu cuerpo de juega malas pasadas
Suma a perderte un tobillo torcido y tienes mi segundo día en Londres, aunque las peores malas pasadas que te juega tu cuerpo son, sin duda, las de los intestinos. En Florencia me cagué encima. Así, tal cual. No hay que suavizarlo. Una diarrea impresionante, pero no iba a dejar que eso me parara: me hice con limones, volví al hotel, me cambié de ropa, me puse un pañal y salí de nuevo a patearme la ciudad.
En el viaje a Rumanía, lo pasé fatal porque había estado reteniendo líquidos las semanas previas y mi cuerpo, oportuno él, decidió que los soltaba esa semana. En un país donde apenas hay baños y, si los hay, son uno para un autobús entero, tienes un problema si te da por mearte cada media hora… Aunque por suerte no me pasó como en La Haya, donde la puerta del baño público en el que entré se abrió de pronto cuando lo tenía todo bajado, mostrando mis vergüenzas a la ciudad (por suerte, medio vacía a esas horas).
O te salen acosadores
En el viaje a Rusia me salió una acosadora. Era una de las personas que viajaban conmigo, por lo que resultaba muy difícil evitarla, pero por suerte el resto de los viajeros, cuando les hice notar mi malestar, me ayudaron haciendo de pantalla para que pudiera escaquearme en modo ninja.
Y es que no hay nada más peligroso para alguien que disfruta viajando solo que otro viajero que también viaja solo pero que no soporta su soledad. La dinámica de la otra viajera acosadora a la que hay que parar los pies se repitió también, entre otros, en Grecia, donde acabé tan harta que tuve que pedirle que, por favor, se callara de una vez y me dejara en paz.
O te saltas las normas sin querer
En París, yo estaba muy feliz porque en todo el viaje no me había pasado nada… Primera vez que viajaba al extranjero sin problemas. O no: me requisaron el queso en el aeropuerto, tras tratarme como a una terrorista por intentar pasar por seguridad algo parecido a los explosivos plásticos. Controles de droga aleatorios he pasado alguno más, pero mucho más civilizados y sin que me requisaran mis souvenirs… Olía a queso, sabía a queso y parecía queso, pero no pasó. El guardia sin duda cenó a mi costa.
Vamos, que puede pasar cualquier cosa, pero no te deben amargar el viaje, al contrario
A mucha gente, si le pasa algo similar, se le amarga el viaje, pero hay que mirarlo desde otra perspectiva. Que pasen algunas de las cosas con las que me he encontrado es aterrador o enfurecedor, pero a la vez mola, porque te saca de tu zona de confort. Además, estar alerta y con tantos estímulos consigue hacerme desconectar y, lo mejor, las anécdotas que tienes luego son muy divertidas. Y parte de la gracia de los viajes es no solo ver cosas nuevas, sino experimentar cosas nuevas.
