Me gusta releer y tiene su porqué. Acumulo libros. Hasta un punto un poco compulsivo, diría yo. Solo en mi habitación hay más de 1000 ejemplares. Los he leído todos, claro. El salón, que es una zona común, también está ocupado por los libros (que también he leído en su mayor parte). Son más o menos la misma cantidad. Puede que la cifra alcance el doble o el triple si contamos los que hay desperdigados por el resto de habitaciones. Cada año, leo alrededor de 150 libros nuevos, que se incorporan a las estanterías.

El punto insostenible

En verano de 2013 la situación llegó a un punto insostenible. Con todas las estanterías repletas con los libros en tetris y a un mes de la feria del libro, con poco espacio para meter un nuevo mueble para seguir acumulando, me vi en la terrible situación de tener que deshacerme de unos cuantos para hacer sitio.

Fue entonces cuando me di cuenta de que teníamos un serio problema: aun en los casos en los que todos detestábamos un determinado ejemplar, nos dolía en el alma tener que deshacernos de él, casi como padres que no quieren dejar marchar a sus hijos.

Pero había que hacerlo y me tocó hacerme cargo de la operación. Como no sabía cómo afrontarlo, dediqué varias horas a pensar por qué guardaba los libros. Voy más allá, compraba ejemplares que ya había leído gracias a préstamos o descargas. Saqué dos conclusiones:

  1. Que en mi casa los libros tienen un aura, hasta el punto de que los tratamos como objetos “quasidivinos”. No se pueden dañar, maltratar o eliminar de nuestras vidas.
  2. Que el único argumento racional que podíamos elaborar era: «Es por si lo quiero volver a leer».

Así que nada, tocaba autoconvencerme de que:

  1. Los libros que saldrían de nuestra casa iban a acabar en un lugar mejor. Seguramente encontraran a alguien que, al contrario que nosotros, encontrara motivos para apreciarlos, por lo que tampoco era un “quasisacrilegio” lo que estaba a punto de hacer.
  2. Teniendo tantos libros en casa, era imposible releerlos todos. Más cuando no iban a parar de entrar libros nuevos, por lo que para ciertos ejemplares era un argumento absurdo.
  3. Realmente amontonarlos en el suelo hasta que nos llegaran a la cabeza no era una buena idea, y menos con un gato en casa.

La solución intermedia

Así que me puse a hacer limpieza en mi cuarto (para dar ejemplo). Luego pasé al salón, eliminando los libros que no nos habían gustado. El resultado fueron las gigantescas listas de intercambio que puse por el blog en esas fechas. Pero la historia no acabó ahí… Llegó la feria del libro y luego una quedada de segunda mano, y los libros que me tocaban en sorteos… Y más tarde las colaboraciones con editoriales. ¡Las estanterías volvían a llenarse lenta pero inexorablemente!

Me puse más dura, ya no solo vendí los que no me gustaban, sino también los que, aunque me hubieran gustado, no iba a releer. Me apenaba tomar esa decisión, pero la realidad era que los libros en precario equilibrio amenazaban con matarme o con hundir la casa con su peso.

¡Hora de releer!

Esta nueva situación hizo más sostenible la gestión del espacio en mi casa, pero pronto me di cuenta de otro problema. No releía los libros que quería releer porque priorizaba la lista de pendientes. Esta no paraba de aumentar, sin bajar en ningún momento de los ciento diez ejemplares (hoy me parece poco, ronda los doscientos y pico)… Y todavía no había releído ni uno de los libros que salvé, ni siquiera mis favoritos.

Entonces tuve que ponerme seria conmigo misma, dejar de comprar tanto (solo un libro por cada cinco leídos) y obligarme a dejar de mirar en dirección a mis estantes de libros pendientes (sí, estantes porque son tres, uno de ellos con doble fila). A partir de entonces, alterno los libros nuevos con alguno de los viejos en mis estantes de favoritos.

Lo que aporta releer

Hasta el momento no me ha ido mal y no me arrepiento. Mi lista de libros pendientes no avanza tan deprisa como me gustaría, pero he recordado por qué es tan importante para mí tener los libros cerca por si me apetece volver a visitar esos mundos que tanto me gustaron. Y, además, no gasto tanto dinero en libros nuevos.

No solo son una lectura con satisfacción asegurada (sabes que la disfrutarás porque ya la disfrutaste antes). Además percibes nuevos matices que antes se te pasaron por alto, te sorprendes por detalles que se habían borrado de tu memoria, alcanzas a vislumbrar más niveles de complejidad y tienes la misma sensación que cuando te reencuentras con un viejo amigo.

Así que seguiré releyendo. Ya me he reencontrado con la Dragonlance, los Reinos Olvidados, los personajes de la Tierra Media y los romances de todas las épocas y lugares que más me fascinaron. Seguiré disfrutando de esas historias conocidas, temblando de emoción con ellas y dejándome envolver por su magia. Porque realmente merece la pena.

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