«¿Cuáles son tus manías y tics al escribir?» Mucha gente me hace esta pregunta cuando se entera de que escribo. Ya comenté en su momento que en general soy bastante más escritora brújula que escritora mapa, aunque viro a uno u otro estilo en función de mis necesidades, por lo que por ahí no hay mucho juego para responder.
La verdad es que no soy como uno de esos escritores excéntricos que se ven por ahí. No necesito colocarme, ni escuchar ninguna música especial o estar en silencio, ni hacer meditación, ni estar en un sitio concreto… aunque sí que tengo mis cosas. Por ejemplo:
Llevo la documentación a niveles obsesivos
¿Cuántas veces he repetido que me ha llevado más de quince años y varios cursos universitarios de egiptología documentarme para la novela de Nefertari, que acabó teniendo su propio libro de no ficción con todo lo que recopilé? ¿O que empecé en eso de la esgrima histórica para hacer las escenas de lucha de No somos marionetas de los dioses correctamente?
Pues bien, las novelas son la punta del iceberg. Incluso para los relatos cortos necesito documentarme por los temas más nimios, de modo que investigo desde los tipos de café hasta la física cuántica.
En mí se juntan dos problemas: soy de naturaleza curiosa y además soy una perfeccionista a la que le gusta ser muy precisa. Así que, antes que escribir alguna cosa mal sobre algún tema, investigo mucho. Seguro que incluso de esta forma se me escapan cosas, pero no será porque no le dedico horas.
Necesito reservarme un mínimo una hora y media
Tanto para escribir relatos como para avanzar con la novela, necesito ese tiempo solo para mí y sin distracciones. La primera media hora, cuando escribo una novela, la dedico a releer lo que escribí la vez anterior; cuando escribo un relato, la dedico a estructurar mentalmente lo que voy a escribir.
Los tres cuartos de hora siguientes (o más si le dedico más tiempo) son para escribir, y el último cuarto de hora lo dedico a revisar lo que he escrito para que no haya errores gramaticales ni de ningún tipo.
Soy una correctora compulsiva… y no tengo piedad conmigo misma
Soy editora y no me encariño con mis propios escritos. Como soy consciente de que todo es mejorable, no tengo inconveniente en reescribir y reescribir, y corregir y corregir, tanto por mis propias relecturas como por las sugerencias de los lectores. (¿He dicho ya que soy bastante perfeccionista?)
No me limito al nivel corrección ortotipográfica y de estilo, sino también a nivel estructural. Si tengo que añadir cosas, o cambiarlas de sitio, lo hago (las primeras versiones de Los tres ángeles no tenían ese orden de escenas…). Si tengo que cargarme doscientas páginas, me las cargo sin dudar (así lo hice con No somos marionetas de los dioses). He reescrito relatos enteros porque me gustaba la premisa pero no cómo la había planteado. No puedo evitarlo.
La ventaja de esto es que mis textos siempre son su mejor versión. La desventaja, que ninguno está a salvo de que me dé por hacer modificaciones, ni siquiera los publicados. Simplemente, si releo y veo forma de mejorarlo, lo reescribo.
En relación con esto… Soy de meter tijera
No en vano lo que más escribo son no ya relatos cortos, sino directamente microrrelatos. Conmigo nunca te encontrarás con que me detengo en detalles y descripciones banales. Aunque soy perfectamente capaz de hacerlo, no es mi estilo. Voy muy al grano, y eso tiene sus partes buenas y sus partes malas, especialmente en función de qué tipo de lector seas.
Para los relatos necesito catalizadores creativos
Que prácticamente todos los relatos que he escrito estén asociados a un reto o consigna no es casualidad. Aunque suene raro, cuantos más límites tengo, menos me cuesta dar con una buena idea para escribir.
Me gusta experimentar
Lo bueno de los relatos es que me permite jugar mucho con estructuras, tropos, dobles significados, mezcla de géneros… Luego, todo eso acaba trasladándose a las novelas. Por eso, casi siempre tienen un toque diferente o algo que sorprende, porque esos experimentos me permiten tantear qué funciona y qué no, e incorporo lo que sí.
Y creo que más o menos esas son todas mis manías como escritora. Nada especialmente excéntrico, aunque sí hasta cierto punto problemático en ocasiones.
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