Justiniano estaba cansado de albear la camisa de Carlos. Cada vez que su marido se iba de viaje de negocios, volvía con la ropa lavada quién sabía dónde, pero el trabajo esta vez era una chapuza: había manchas rosadas, apenas perceptibles salvo para Justiniano, que amaba el blanco puro. Así pues, se acercó a su amado con la camisa en la mano y le espetó:

—En el próximo congreso al que vayas, ¡bebes vino blanco en vez de tinto!

—Vale —le prometió Carlos, mientras pensaba que, la próxima vez que fuera a una misión para asesinar a alguien, se pondría una camisa de cualquier otro color que no fuera blanco. Aunque no le gustara cómo le sentaban el resto de colores, Justiniano parecía tener un radar cuando se ponía una blanca y la manchaba con la sangre de sus víctimas. Afortunadamente, también era un poco ingenuo y nunca se le ocurría que el vino no salpicaba en gotitas tan pequeñas cuando se derramaba.

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