—Dime que sí —susurró. Yo no estaba nada convencida y así se lo hice notar—. Venga, no seas aguafiestas… Tienes que probar nuevas experiencias de vez en cuando.
Me puso esa carita de cordero degollado que tan efectiva le resulta siempre, pero no podía hacerlo. No, llevaba toda mi vida sin sentir la más mínima tentación y no iba a empezar ahora. Menos, con uno tan grande y gordo. Pero siguió insistiendo y al final acabé por ceder. Abrí el libro, de más de mil páginas, y me puse a leerlo, solo para que él pudiera comentarlo conmigo.
Lo gracioso es que me gustó, y que ahora lo hago a menudo. Siempre le agradeceré que me hiciera probar esa nueva experiencia.
Escribí este relato en junio de 2013, directamente para publicarlo en el blog
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