Ese músico tocaba al ritmo del son de mi corazón, así que no pude contener el impulso: me puse a bailar. En el bar todo el mundo estaba sentado y, cuando acabó la música, todo el mundo me miraba. Me sentí avergonzada y salí corriendo, a pesar de que hubiera deseado saber cómo se llamaba él, aunque fuera para buscar sus canciones y poder escucharlas una y otra vez.

Esa chica bailaba al son de mi corazón en la pista de baile vacía. Como una polilla ante una llama, me sentí atraído por ella y decidí que, en cuanto acabara la canción, bajaría del escenario y le hablaría. Pero cuando acabé de tocar se acabó la magia y, de pronto tímida y temerosa, salió corriendo. No lo pensé un momento y fui tras ella, dejando todas mis posesiones sobre el escenario. Pero ella ya se había perdido entre la gente, así que volví al bar con la sensación de haber perdido algo importante.

Por suerte, mi música le atraía tanto como a mí su baile, así que, unas semanas después, mientras tocaba en el metro, volví a verla moverse al son de mi corazón. Esta vez estaba decidido a no perderla de vista, pero no hizo falta. Aunque avergonzada por los aplausos de la gente, se acercó a mí y ya nada pudo separarnos.

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Portada del relato corto El son de mi corazón

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