La marea sube lentamente. ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¿Por qué a mí, por qué tengo tanta mala suerte?

No debería haberme alejado de la orilla, pero me entraron las ganas de hacer aguas mayores. Con tan mala suerte que, buscando un lugar donde evacuar sin que los demás me vieran y me gastaran sus bromitas, vi dónde había enterrado el tesoro el capitán.

Es un hombre ocupado, claro está, y cuando tuvo que elegir entre desenterrarlo de nuevo para cambiarlo de sitio y acabar conmigo, lo tuvo fácil. Mi vida no vale mucho. 

La marea sube lentamente. Dentro de un rato, moriré.

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