Érase que se era tres cerditos. Su padre, antes de morir, les dijo:

—Tomad esta camiseta del Prica y este anillo que te hace invisible que compré en el chollo.

Los tres cerditos, después de turnarse para hacer tonterías con el anillo y hacerse daño por culpa de la invisibilidad, decidieron que irían a Mordor a decirle al fabricante que no se deben fabricar objetos tan peligrosos.

El lobo Sauron, el creador de tan peculiar objeto, que no quería perder los ingresos por su invento, mandó a sus nueve matones a perseguir a los tres cerditos, pero estos escaparon a Rivendel, una granja cercana. Les echaron a patadas de la granja, por supuesto, porque no querían problemas con Sauron.

Fueron después a Moria, una antigua granja de cerdos, pero ahora era un matadero. Había jamones colgando por todo el recinto y además apareció el Balrog, el hombre que mataba a los cerdos. Los cerditos corrieron y corrieron. Salieron por los pelos y continuaron su camino hasta Lothlorien, donde también les echaron.

Después de mucho camino, llegaron a una ciénaga, pero allí vivía el ogro Shrek y quería preparar un banquete para la princesa Fiona. Escaparon otra vez y entraron por la puerta trasera del rascacielos de Mordor, donde estaba el fabricante. Sauron y sus esbirros seguían al acecho, así que había que darles esquinazo constantemente. Además, había una diminuta araña que les asustó, pero la dejaron atrás.

Al fin, llegaron a la planta donde estaba el fabricante. No acabaron ahí los problemas de los cerditos, porque un guardia de seguridad les detuvo entonces por correr en los pasillos, pero al final llegaron a su despacho y el juguete se retiró del mercado.

Los tres cerditos, cumplida su misión, volvieron a su hogar, donde les tocó la bonoloto, que les dio para hacerse tres hermosas casitas: una de paja, una de madera y otra de piedra.

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